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Endometriosis e inflamación

Si has leído los cinco artículos anteriores de esta serie, ya tienes una imagen bastante completa de la endometriosis: qué es, cómo afecta la fertilidad, cuándo operar y cuándo no, y cómo daña silenciosamente la reserva ovárica. Pero hay un hilo que ha corrido por debajo de todos esos temas sin ser nombrado directamente. Un mecanismo que conecta los síntomas, explica el daño, y está redefiniendo la forma en que la medicina entiende — y empieza a tratar — esta enfermedad. 

Ese hilo es la inflamación. No la inflamación aguda y transitoria que conocemos cuando nos torcemos un tobillo o tenemos una infección — sino algo cualitativamente y cuantitativamente distinto: una inflamación crónica, sostenida, de baja intensidad pero de alto impacto, que involucra al sistema inmune en su conjunto y que convierte a la endometriosis en una enfermedad verdaderamente sistémica. 

Este artículo está dedicado a ese mecanismo. Es el más científico de la serie, pero también el que más cambia la perspectiva sobre todo lo anterior.

De enfermedad pélvica a enfermedad sistémica

Durante décadas, la endometriosis fue conceptualizada como un problema local: tejido en el lugar equivocado, dentro de la pelvis, con consecuencias principalmente mecánicas. Esa visión no es incorrecta, pero es profundamente incompleta. 

La investigación de los últimos años ha transformado esta imagen. Hoy sabemos que la endometriosis no es solo una enfermedad pélvica con repercusiones locales — es un trastorno inflamatorio crónico, sistémico y multifactorial. La evidencia muestra que influye en el metabolismo del hígado y del tejido adiposo, altera la expresión de genes en el cerebro — lo que contribuye a la mayor sensibilidad al dolor y a los trastornos del ánimo frecuentes en estas pacientes — y se asocia con un estado de inflamación sistémica de bajo grado que afecta órganos y sistemas mucho más allá de la pelvis. 

Este cambio de paradigma no es semántico. Tiene implicaciones directas en cómo se diagnostica, cómo se trata, y qué esperar del tratamiento a largo plazo. 

 

El sistema inmune: el actor principal

Para entender la inflamación en la endometriosis, hay que entender primero por qué el sistema inmune no hace lo que debería. 

En condiciones normales, cuando células endometriales llegan a la cavidad pélvica durante la menstruación retrógrada — algo que ocurre en la gran mayoría de las mujeres en algún momento de la vida— el sistema inmune las reconoce como tejido fuera de lugar y las elimina. En las mujeres con endometriosis, este proceso falla. El sistema inmune no solo no destruye el tejido ectópico: activamente facilita su supervivencia, su implantación y su expansión. Y lo hace a través de alteraciones profundas que involucran tanto a la inmunidad innata como a la adaptativa.

Los macrófagos: guardianes que cambian de bando. Los macrófagos son las células inmunes más abundantes en el líquido peritoneal y dentro de las lesiones endometrióticas. En condiciones normales, deberían destruir el tejido ectópico. En la endometriosis, experimentan una disfunción característica: adoptan un fenotipo que combina propiedades proinflamatorias con propiedades tolerogénicas, es decir, generan inflamación crónica local pero al mismo tiempo permiten que el tejido ectópico sobreviva y prolifere. Son, en cierta forma, guardianes que han cambiado de bando. Además, los macrófagos promueven la formación de nuevos vasos sanguíneos — la angiogénesis — que nutren las lesiones, y participan activamente en la inervación de esas lesiones, lo que tiene consecuencias directas sobre el dolor. 

Las células NK: asesinas naturales con la guardia baja. Las células NK (natural killers) son los linfocitos especializados en detectar y destruir células anómalas. En mujeres con endometriosis, su actividad citotóxica está reducida de forma significativa. Las células endometriales ectópicas han desarrollado mecanismos para evadir su reconocimiento — expresan moléculas en su superficie que envían señales de “no me destruyas” a las células NK — y el resultado es que las lesiones pueden crecer sin ser eliminadas. 

El desequilibrio Th1/Th2 y el eje Th17/Treg. El sistema inmune adaptativo también está profundamente alterado. En condiciones normales, existe un equilibrio entre distintas poblaciones de linfocitos T que regulan la respuesta inflamatoria. En la endometriosis, ese equilibrio se rompe en múltiples puntos: predomina la respuesta Th2 sobre la Th1, se activa el eje Th17 generando inflamación crónica local, y las células T reguladoras — que deberían frenar la inflamación — están aumentadas dentro de las lesiones pero funcionan de forma paradójica, suprimiendo la respuesta inmune contra el tejido ectópico en lugar de controlar la inflamación crónica.

Los linfocitos B y los autoanticuerpos. Uno de los hallazgos más recientes y más relevantes es la activación del sistema inmune humoral en la endometriosis. Las mujeres con endometriosis producen autoanticuerpos — anticuerpos dirigidos contra tejidos propios — incluyendo anticuerpos antinucleares, antiendometriales y antifosfolípidos. Esto ubica a la endometriosis dentro del espectro de las enfermedades autoinmunes, lo que tiene implicaciones tanto diagnósticas como terapéuticas, y explica en parte por qué la endometriosis se asocia con mayor frecuencia a otras condiciones autoinmunes como el hipotiroidismo de Hashimoto, el lupus o la artritis reumatoide. 

 

El perfil de citocinas: un ambiente permanentemente inflamado 

El resultado de toda esta disregulación inmune es un ambiente pélvico — y en menor medida sistémico — permanentemente inflamado. El líquido peritoneal de las mujeres con endometriosis contiene niveles elevados de citocinas proinflamatorias como IL-1β, IL-6 y TNF-α, pero también de factores inmunosupresores como IL-10 y TGF-β. Esta coexistencia aparentemente contradictoria — inflamación y supresión simultáneas — es precisamente lo que permite que la enfermedad persista: hay suficiente inflamación para generar dolor y daño tisular, pero suficiente supresión para que el tejido ectópico evada la eliminación. 

A esto se suma la activación del sistema del complemento, que contribuye a la inflamación local, promueve la angiogénesis y facilita la invasión tisular de las lesiones profundas. Y la producción elevada de prostaglandinas — especialmente PGE2 — que no solo amplifica la inflamación sino que estimula la producción local de estrógenos dentro de las propias lesiones, creando un circuito de retroalimentación que perpetúa el crecimiento de la enfermedad independientemente de los niveles hormonales sistémicos. 

La reprogramación metabólica: energía al servicio de la enfermedad 

Uno de los aspectos más fascinantes y más recientes de la investigación en endometriosis es el descubrimiento de que las células de las lesiones ectópicas han reprogramado su metabolismo de una manera que recuerda a lo que ocurre en las células cancerosas. 

En condiciones normales, las células obtienen energía a través de la respiración mitocondrial — un proceso eficiente que requiere oxígeno. Las células endometrióticas, en cambio, han virado hacia lo que se conoce como efecto Warburg: producen energía principalmente a través de la glucólisis, incluso cuando el oxígeno está disponible. Este cambio metabólico les permite sobrevivir en ambientes con poco oxígeno como el peritoneo, generar los bloques de construcción necesarios para proliferar rápidamente, producir metabolitos que suprimen la respuesta inmune local, y evadir los mecanismos de muerte celular programada. 

La disfunción mitocondrial, la activación de la vía HIF — el factor que regula la respuesta celular a la hipoxia — y la señalización a través de PI3K/AKT/mTOR son los mecanismos moleculares que sustentan esta reprogramación. Y lo que es especialmente relevante: estos mismos mecanismos están siendo estudiados como blancos terapéuticos. Fármacos que actúan sobre estas vías metabólicas, desarrollados inicialmente para oncología, están siendo explorados como tratamientos no hormonales para la endometriosis. 

 

El dolor: cuando la inflamación afecta al sistema nervioso 

El dolor en la endometriosis es uno de los síntomas más debilitantes y uno de los más difíciles de tratar. Durante mucho tiempo se asumió que el dolor era proporcional a la cantidad de tejido ectópico presente. Hoy sabemos que esa correlación es débil, y la razón está en cómo la inflamación crónica interactúa con el sistema nervioso. 

Las lesiones endometrióticas — especialmente las infiltrantes profundas — están innervadas. Desarrollan su propia red nerviosa, con fibras que transmiten señales de dolor y que producen localmente sustancias neuroactivas como el factor de crecimiento nervioso (NGF) y la sustancia P. Los macrófagos proinflamatorios, especialmente a través de la liberación de IL-33, son actores clave en esta inervación de las lesiones y en la generación del dolor asociado. 

Pero el impacto sobre el sistema nervioso va más allá del sitio de la lesión. La inflamación crónica genera lo que se conoce como sensibilización central: el sistema nervioso central se vuelve progresivamente más sensible al dolor, de manera que estímulos que normalmente no serían dolorosos comienzan a percibirse como tales. Esto explica por qué muchas pacientes con endometriosis tienen dolor en lugares que no tienen lesiones visibles, por qué el dolor persiste incluso después de la cirugía, y por qué el tratamiento del dolor en endometriosis severa frecuentemente requiere un enfoque que va más allá de la supresión hormonal o la cirugía. 

La neuroinflammación — la inflamación del sistema nervioso periférico y central mediada por células inmunes como los mastocitos y la microglía — es hoy reconocida como un componente central en la cronicidad del dolor en endometriosis, y constituye uno de los blancos terapéuticos más prometedores de los próximos años. 

El microbioma: el actor inesperado 

Uno de los descubrimientos más sorprendentes de la investigación reciente es el papel que juega la microbiota intestinal en la endometriosis. Las mujeres con endometriosis presentan un patrón de disbiosis intestinal característico: menor abundancia de bacterias beneficiosas como Lactobacillus y Bifidobacterium, y mayor prevalencia de especies proinflamatorias. Esta alteración tiene consecuencias que van más allá del intestino. 

El primero y más documentado de sus efectos es sobre el metabolismo de los estrógenos. La microbiota intestinal regula la recirculación de estrógenos a través de un conjunto de bacterias que producen la enzima beta-glucuronidasa — lo que se conoce como el estroboloma. Cuando el estroboloma está alterado, se reabsorben más estrógenos en el intestino, los niveles sistémicos aumentan, y eso alimenta directamente el crecimiento de las lesiones endometrióticas, que son estrógeno-dependientes. 

El segundo efecto es sobre la inflamación sistémica. Las bacterias proinflamatorias producen lipopolisacáridos que activan el receptor TLR4, desencadenando una cascada inflamatoria que se suma al estado proinflamatorio ya presente en la pelvis. Y el tercero, más reciente y aún en investigación, es sobre el eje intestino-cerebro: la disbiosis intestinal puede modular la sensibilidad al dolor y contribuir a la amplificación central del mismo a través de mecanismos neuroinflamatorios. 

Los estudios más recientes muestran además que el patrón de disbiosis varía según el tipo de endometriosis: la endometriosis infiltrativa profunda suele presentar la disbiosis más severa y la mayor correlación con el dolor crónico, lo que refuerza la idea — desarrollada en el primer artículo de esta serie — de que la forma infiltrante es una enfermedad cualitativamente distinta a la superficial.

Lo que todo esto significa para el tratamiento: el horizonte que se abre 

Si la endometriosis es fundamentalmente una enfermedad inflamatoria e inmunomediada, el tratamiento exclusivamente hormonal — que ha sido el pilar terapéutico durante décadas — es, en el mejor de los casos, una supresión parcial del problema. Los tratamientos hormonales actuales actúan sobre el sustrato estrogénico de la enfermedad, pero no tocan los mecanismos inmunológicos, metabólicos ni neurológicos que perpetúan la inflamación, generan el dolor y sostienen la progresión de la enfermedad. 

Esto está cambiando. La investigación actual explora activamente múltiples líneas de tratamiento no hormonal que apuntan directamente a los mecanismos que hemos descrito: 

Fármacos inmunomoduladores que restauren la actividad de las células NK, corrijan el desequilibrio Th17/Treg o bloqueen citocinas específicas como IL-1β o TNF-α. Inhibidores de la vía metabólica Warburg que impidan a las lesiones ectópicas obtener la energía que necesitan para crecer y evadir al sistema inmune. Moduladores del sistema nervioso que actúen sobre la sensibilización central, incluyendo neuromoduladores, antagonistas del CGRP — una molécula clave en la transmisión del dolor neuropático — e inhibidores de la activación de mastocitos. Terapias dirigidas al microbioma, incluyendo probióticos específicos que restauren el estroboloma y reduzcan la inflamación sistémica de origen intestinal. Y en el horizonte más lejano pero ya visible, terapias de precisión basadas en el perfil molecular individual de cada paciente — biomarcadores inflamatorios, firmas epigenéticas, perfiles inmunológicos — que permitan predecir qué tratamiento funcionará en cada caso particular. 

Ninguna de estas terapias está todavía disponible de forma rutinaria en la clínica. Pero el volumen de investigación en estas áreas ha crecido exponencialmente en los últimos tres años, y los primeros ensayos clínicos ya están en marcha. La endometriosis que se tratará en 2030 no se tratará igual que la de 2020. 

El cierre de la serie: lo que queremos que te lleves

Hemos recorrido en seis artículos un camino que va desde la pregunta más básica — ¿qué es la endometriosis? — hasta la frontera más actual de la investigación. Y si hay una idea que queremos que se quede contigo al terminar esta lectura, es esta: 

La endometriosis es una enfermedad compleja, pero no incomprensible. Es crónica, pero tratable. Afecta la fertilidad, pero no la determina. Requiere cirugía a veces, pero no siempre — y la decisión de cuándo merece la misma atención que la decisión de cómo. Daña la reserva ovárica de forma silenciosa, pero esa reserva puede medirse, monitorearse y, en muchos casos, preservarse. Y está siendo investigada con una profundidad y una sofisticación que no tiene precedentes. 

El diagnóstico de endometriosis no es el fin de un camino. Es el inicio de una conversación — con tu médico, con los datos de tu caso específico, con las opciones reales disponibles hoy — que puede y debe llevarte hacia un plan concreto, individualizado y basado en evidencia. 

Referencias bibliográficas

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En resumen